El 18 de octubre se conmemora el Día Mundial de la Protección de la Naturaleza, una fecha que busca recordar la importancia de conservar los ecosistemas y los recursos naturales de los que depende la vida.
Su origen suele relacionarse con una carta enviada en 1972 a las Naciones Unidas por el entonces presidente argentino Juan Domingo Perón, en la que advertía sobre la necesidad de tomar conciencia frente al deterioro ambiental.
Más de cincuenta años después, la pregunta sigue vigente.
Y quizá en un lugar como Puerto Morelos resulte difícil hablar de protección de la naturaleza sin mirar alrededor.
Está el mar.
Está el arrecife.
Está el manglar.
Está la selva.
Están los cenotes y el agua que corre debajo de nuestros pies.
Los vemos, los visitamos, vivimos cerca de ellos. Pero cada uno forma parte de sistemas mucho más grandes que no siempre alcanzamos a ver.
La naturaleza no termina donde comienza una ciudad. Tampoco empieza cuando llegamos a la playa.
El agua que bebemos, los alimentos que llegan a nuestra mesa, el aire que respiramos y buena parte de las condiciones que hacen posible la vida están relacionados con esos sistemas naturales.
Por eso protegerlos puede sonar sencillo cuando lo decimos en una frase y bastante más complejo cuando pensamos en todo lo que implica: conservar ecosistemas, reducir la contaminación, cuidar el agua, proteger la biodiversidad y encontrar formas de habitar los territorios sin romper los procesos que los mantienen vivos.
No es una tarea de una sola persona.
Tampoco de una sola organización, empresa o gobierno.
Es una conversación que involucra a todos los que compartimos un territorio.
Quizá por eso existen estos días internacionales. No para resolver un problema en 24 horas, sino para hacer una pausa y volver a mirar algo que, por estar siempre ahí, podemos dejar de ver.
En Puerto Morelos tenemos una particularidad: la naturaleza no está alrededor del destino.
Es parte del destino.
Y también, aunque a veces no lo pensemos así, parte de nuestra propia casa.









